No siempre tenemos ganas al mismo tiempo. Y cuando eso pasa seguido, es fácil empezar a pensar que algo anda mal: “ya no le gusto”, “no me desea”, “siempre tengo que empezar yo” o incluso “si ya no me desea, ¿será porque hay otra persona?”.
Pero tener distintos niveles de deseo no significa necesariamente que haya un problema en la pareja. Las ganas pueden cambiar con el cansancio, las preocupaciones, las etapas de la vida o simplemente porque cada persona vive el deseo de una manera diferente.
Lo que suele complicar las cosas es el silencio. Cuando dejamos de hablar, cada uno empieza a completar lo que no sabe con sus propias explicaciones.
Hablarlo fuera del momento sexual puede ayudar mucho. Sin reproches y sin convertir el encuentro en una obligación. A veces también sirve volver a acercarse de otras maneras: un masaje, besos, caricias, una salida juntos, compartir una fantasía o probar algo nuevo. No todo acercamiento tiene que terminar necesariamente en sexo.
Y algo importante: no existe una cantidad de deseo que sea “la normal”. Lo importante es cómo se sienten las personas involucradas y qué acuerdos pueden encontrar para que ninguno viva la sexualidad desde la presión.
En No es Pecado creemos que hablar también forma parte del encuentro.